EL JUEGO DE LA OCA Y EL CAMINO DE LAS ESTRELLAS (I)

GENERALIDADES:

El Juego de la Oca (o el Tablero del que se cree que trae su razón de ser) surgió, conforme a diversas teorías, en épocas históricas más o menos remotas.

Cronológicamente, se sostiene que su creación data de un período anterior a la guerra de Troya (alrededor del año 2.000 a. C., quizá algo más tarde) y se aprovecharía durante las jornadas interminables del largo asedio de esta ciudad-estado mítica. En este caso se asimilaría la base de juego con el famoso “disco de Phaistos”, el cual se identificó posteriormente con una concha (”nautilus”) cuyos huecos o cavidades (en forma de caracol) suman 63 espacios.

En otra tesitura se colocan, en lo que atañe a la génesis de este entretenimiento, los que mantienen que su conocimiento documentado se vincularía a la defensa preventiva de los Santos Lugares por los caballeros cristianos, entre ellos los Templarios. Sin embargo, se presenta un inconveniente en esta opción: los guardianes del Templo de Salomón debían cumplir con sus normas, que prohibían taxativamente cualquier ocio relacionado con los dados (y el ajedrez) por motivos ignorados. Quedaría, por tanto, este divertimiento destinado a los “no iniciados”.

Otra hipótesis factible, si bien ligada a su extensión y hasta incluso su popularización en competencia, se liga al hecho contrastado en el que se da fe del regalo que el mecenas humanista Francisco I de Florencia realizó al todopoderoso rey Felipe II de España (fechada esta donación-obsequio entre los años 1.574 y 1.587 d. C.). El ejemplar fue posteriormente imitado y, en un formato semejante al actual, se utilizó frecuentemente en muchas Cortes europeas. Se conserva especialmente aún uno de estos exponentes clásicos, señeros y auténticos, precisamente el más ancestral vestigio que se corresponde con el año exacto de 1.640.

La simbología de la oca:

La oca, ganso, ánsar, “jar” (partícula toponímica) o antzara (en euskera) es un animal prototípico, universal y representativo de un ideal y dotado de unas cualidades primigenias intrínsecas y esenciales. Se la convertiría, según la sabiduría popular, en protectoras de los hogares (por su fiereza), alertando del merodeo o presencia de intrusos (encargadas de ejercer la tarea de vigilantes), guías divinas y consejeras máximas. A mayor abundamiento, se las personificó y equiparó con los ayos, preceptores o grandes y apreciados maestros y sabios.

Otro elemento a destacar se sustancia en la huella denominada “pata de oca”. Esta especie de tridente, aludiendo al mismo utensilio genuino y propio del rey Neptuno, se repite en figuraciones o imágenes esotéricas de todas las culturas atlantes.

En el apartado analógico, en un plano animístico, se entendía que el ganso se incluía en la familia o taxón de las anátidas cuya expresión sublime se atribuía al cisne. Esta hermosa ave ha inspirado a relevantes escritores, autores y músicos por su grácil e incomparable elegancia, tanto en Oriente como en Occidente.

Pero lo que más nos interesa es el componente alegórico y a veces icónico respecto al tratamiento de este interesante tema: las previsibles concomitancias del Juego de la Oca versus las etapas determinadas del Camino de Santiago o Jacobeo. Algunos tratan de delimitarlo, en épocas medievales caracterizadas por las inseguridades de una peregrinación que se afrontaría a manera de una aventura (a veces peligrosa), partiendo de un faro-brújula nocturno indicativo: la Vía Láctea. Y, en defecto de la referencia astronómica, en las horas luminosas se orientaría el devoto tratando de descubrir el “Camino de la Oca”. En este terreno cabe resaltar la enorme y loable labor realizada por Alfonso I el Batallador (en el s. XII) y que se transmitiría mediante los excelentes constructores (Maestros canteros) de entonces. En torno a esta realidad, hay quien afirma que la oca se encontraría en el origen de varias señales criptográficas usadas por los gremios de la edificación. Incluso se sugiere que los masones (en su versión oculta) y los Templarios desarrollarían un lenguaje encriptado y gremial, en exclusiva, basado en esta epigrafía parcialmente moderna (labrando muescas, figuras o jeroglíficos en las piedras angulares o remarcables). En este aspecto tan singular, se mantiene que la importancia y frecuencia de la oca (ganso) se evidenciaría patentemente en dos zonas del Camino Francés: en el entorno de Villafranca Montes de Oca (allende La Rioja, en la provincia burgalesa) y en una franja dominada por la comarca berciana (El Ganso – A Veiga de Valcarce).

Ya se ha señalado que el soporte del Juego de la Oca distribuye su superficie en 63 casillas o cuadros. El objetivo final es siempre alcanzar el “jardín de la oca”, meta que comporta la felicidad absoluta. Aunque, antes de lograr tal fin excelso, se han de superar múltiples vicisitudes y salvar riesgos o asechanzas permanentes (en su caso): el pozo, la cárcel, los puentes, el laberinto, la posada, la muerte o calavera,… Las normas (reglamento) suelen variar, mas no radicalmente, ateniéndose preferentemente al número de participantes: dos o más.

De todas formas, las constantes que influyen de forma concluyente en la dinámica de la disputa o itinerancia son los dados (la suerte en la tirada es decisiva) y las esperas que están fijadas de antemano (y hasta la emergencia de tener que iniciar otra vez el recorrido).

Otra nota peculiar es la cadencia: no siempre pero, en algunos casos, la ubicación reiterada de los dibujos guarda una numeración casi predeterminada. Esta cuestión ha sido comparada con la localización de iglesias, conventos, catedrales, albergues y otros monumentos religiosos a lo largo del Camino iniciático a Compostela.