Francia: “la eurofobia crece a derecha e izquierda.” (www.ctxt.es)

Después de Grecia, es el segundo país de la Unión Europea con mayores niveles de euroescepticismo. Sólo el 38% de sus habitantes confía en las instituciones europeas.

Enric Bonet

Los dirigentes de los 27 Estados miembros de la Unión Europea firmaron el 25 de marzo en Roma la nueva agenda común con el objetivo de relanzar el decadente proyecto europeo. Pocos días antes de que el gobierno británico diera el pistoletazo de salida del Brexit, la conmemoración del 60 aniversario del Tratado de Roma debía servir para escenificar el nuevo impulso que tomaba la Unión de los 27. Pero cualquiera de los jefes de Estado o Gobierno presentes en Roma sabe que la refundación del proyecto europeo no resultará posible hasta que se celebren las elecciones presidenciales francesas, en primavera, y las legislativas alemanas, en otoño. Unas contiendas electorales que pueden tener un sabor amargo para Europa, sobre todo en el caso de Francia.

Al contrario de lo que sucedió con las presidenciales francesas de 2012, cuando la victoria del socialista François Hollande fue contemplada como la posibilidad de dar un giro social a la Europa de la austeridad, pocos esperan que las elecciones de 2017 sirvan para cambiar el rumbo del Titanic europeo. La presencia de la política europea en la campaña presidencial resulta más bien escasa. Cuando esta aparece, sirve para reflejar el rechazo que siente la mayoría de los franceses respecto al funcionamiento actual de la UE. 

Cuatro de los cinco principales candidatos a las presidenciales votaron en contra de los tratados europeos en el pasado

Según un estudio de opinión del Pew Research Center, sólo el 38% de los franceses tienen una opinión favorable sobre la UE, mientras que estos eran el 69% hace tan sólo doce años. Después de Grecia, Francia es el segundo país con una mayor desconfianza respecto en el funcionamiento actual de las instituciones europeas. Curiosamente, este euroescepticismo resulta más pronunciado entre los electores de izquierdas (sólo el 35% de ellos confía en la UE) que entre los votantes de la derecha y la extrema derecha francesas, que suelen ser más proclives al nacionalismo (el 38% de ellos confía en la UE). 

Durante los últimos veinte años, se ha producido un incremento significativo del euroescepticismo en Francia a causa de la crisis económica”, explica el politólogo Christophe Bouillaud, especialista en  política europea. Según este profesor de Sciences Po Grenoble, la desconfianza respecto a Bruselas se ha extendido sobre todo entre las clases obreras: “Esto se debe, en parte, a una reacción racional ante el fuerte impacto que las deslocalizaciones industriales han tenido en Francia. 

Como se observó en el Reino Unido antes del referéndum del Brexit, las personas que han perdido seguridad económica atribuyen a la UE buena parte de sus problemas”, explica la investigadora de Sciences Po Paris Anne-Marie Le Gloannec, especialista en relaciones franco-alemanas. 

El euroescepticismo se encuentra muy presente en Francia desde principios de la década de los ochenta, pero lo que ha cambiado durante los últimos años “es el discurso de las élites políticas, cada vez más críticas con Europa. Estas han legitimado el ideario euroescéptico”, afirma Emmanuelle Reungoat, profesora de la Universidad de Montpellier y experta en movimientos euroescépticos. Bruselas y las instituciones europeas se han convertido en “una especie de espantajo al que los políticos franceses atribuyen la mayoría de las dificultades de su país”, afirma el profesor Ciencias Políticas de la Universidad de Estrasburgo Cédric Pellen. 

De hecho, cuatro de los cinco principales candidatos a las presidenciales votaron en contra de los tratados europeos en el pasado. Como la ultranacionalista Marine Le Pen, el conservador François Fillon se pronunció en contra del Tratado de Maastricht en el referéndum de 1992, al alinearse con el ala más soberanista de la derecha republicana. Los izquierdistas Benoît Hamon y Jean-Luc Mélenchon se opusieron a la Constitución europea en 2005, cuando votaron “no” junto con la mayoría de los franceses y contra el aparato del Partido Socialista. El único candidato claramente europeísta es el exministro de Economía Emmanuel Macron (centrista y business friendly). 

El electorado de izquierdas, el más crítico con la UE

Existe en Francia tanto un euroescepticismo de derechas como de izquierdas. Pero exceptuando a Marine Le Pen (que evoca la salida de Francia de la UE), los otros candidatos desean en realidad una transformación de la UE”, explica Reungoat. 

Tras el voto en contra a la Constitución europea en 2005, los dirigentes socialistas y de la derecha republicana reivindicaron en una elección tras otra su voluntad (poco fructífera) de reformar las instituciones europeas. Con este discurso reformista, pretendían convencer a sus votantes tradicionales que, tanto en la izquierda socialdemócrata como en la derecha republicana, se encontraban divididos entre los que eran favorables y los que estaban en contra de la UE.

El electorado que más ha cambiado durante los últimos años su posición respecto a la UE es el de izquierdas”, declara Reungoat. Tradicionalmente europeístas, los electores progresistas “se han sentido traicionados al ver cómo la promesa de una Europa social no se hacía realidad”. Este desencanto se ha acentuado tras la profunda decepción del quinquenio de Hollande. El actual presidente prometió durante su campaña en 2012 una renegociación de los tratados presupuestarios y una reorientación del rol del Banco Central Europeo. Pero pocas semanas después de su elección ya había firmado el Pacto de Estabilidad que prometió reformar. 

Pese al fracaso de la senda reformista de Hollande, el nuevo candidato socialista Benoît Hamon promete prácticamente las mismas medidas que su predecesor: flexibilizar la reducción del déficit y la creación de eurobonos para que los Estados miembros emitan deuda de forma conjunta. Su única propuesta innovadora en política europea consiste en promover la creación de un Parlamento de la zona euro, conformado por eurodiputados y diputados nacionales. Una idea elaborada por su principal consejero en materia económica, el prestigioso economista Thomas Piketty, autor del best-seller El capital en el siglo XXI”.

Esta vía reformista, sin embargo, resulta poco convincente para la izquierda francesa, que percibió el fracaso del Gobierno griego de Alexis Tsipras como la demostración de la gran dificultad de promover políticas económicas alternativas en el interior del Consejo Europeo. Por este motivo, el líder de la izquierda radical Jean-Luc Mélenchon promete derogar las reglas del pacto de estabilidad y poner punto y final a la independencia del Banco Central Europeo. Pero, según el candidato de la Francia Insumisa, este plan A sólo resultaría posible porque este contempla un plan B. Este consistiría en organizar un referéndum sobre la permanencia de Francia en la UE en el caso de que fracasaran sus negociaciones.

La pérdida de influencia en la Europa alemana

Mélenchon considera que no se puede producir una negociación europea sin que haya una crisis en el seno del Consejo europeo”, explica Bouillaud. Este pulso permitiría que Francia recuperara su influencia perdida en la dirección de la UE. “Durante la crisis griega, el presidente Hollande no se posicionó y esto fue percibido como una pérdida de influencia”, reconoce Pellen. En una Europa cada vez más dividida entre los virtuosos países del norte y los manirrotos del sur, la sociedad francesa y su generoso modelo del bienestar no saben dónde posicionarse. “Con la creación del euro, Francia aceptó la imposición de unas reglas presupuestarias que le resultan muy difíciles de cumplir”, explica Bouillaud para justificar la menguante influencia francesa en la Europa alemana. 

En una Europa cada vez más dividida entre los virtuosos países del norte y los manirrotos del sur, la sociedad francesa y su generoso modelo del bienestar no saben dónde posicionarse.

La incorporación de los países escandinavos en 1995 y de los países del este en 2004 y 2007 ha resultado desfavorable para Francia, ya que sirvió para reforzar el bloque liberal en el interior del Consejo Europeo y favoreció la extensión de la economía alemana hacia el este de Europa”, explica Pellen. Además, la fragmentación del paisaje político francés y el auge del Frente Nacional han acentuado esta pérdida de influencia francesa en el rumbo de la UE. Veinticuatro de los setenta y cuatro representantes franceses en el Parlamento Europeo pertenecen a la formación ultranacionalista de Marine Le Pen. Su única función consiste en criticar la actividad legislativa de la Eurocámara. 

Francia fue la bisagra de la UE, pero ahora se ha convertido en un fusible”, asegura Le Gloannec. El eslabón débil de la construcción europea se ve amenazado por el Frente Nacional. Aunque esta formación xenófoba no apuesta con tanta claridad por una salida de la UE como el UKIP en el Reino Unido, sí defiende la necesidad de negociar con los otros socios europeos y organizar después un referéndum sobre la continuidad de Francia en la UE. 

Como contraposición a Le Pen, el centrista Macron, su probable rival en la segunda vuelta de las presidenciales según los sondeos, se presenta como el único candidato claramente europeísta. De hecho, el líder de En Marche! (En Marcha!) no propone ninguna reforma significativa sobre la política europea. Este continuismo lo ha convertido en el candidato preferido de las élites políticas de Bruselas. Le Pen representa el cierre de Francia, Macron es la apertura”, ha afirmado el eurodiputado socialdemócrata alemán Jo Leinen en declaraciones al diario Le Monde. Una opinión compartida por buena parte de los dirigentes conservadores, liberales y socialdemócratas europeos. Pero estos prefieren no publicitarla ante el riesgo de convertir las presidenciales francesas en un nuevo referéndum sobre el Titanic europeo.