PERSONAJES BERCIANOS

Tras una pausa de apenas un año de ausencia voluntaria en estos menesteres relativos a la rehabilitación de figuras locales, a título de descanso sabático, resulta sinceramente de mi propio agrado y absoluta complacencia retornar a la senda marcada por relatos o escritos precedentes (todos ellos en el mismo sentido expresado). En el caso en consideración, el tratamiento de temas cercanos al país suele inducir en mi alma un gozo íntimo y una especial satisfacción (producto de una predisposición innata y motivacional, hondamente sentida).

La procedencia de las personas, de algún modo, repercute parcial y permanentemente en el carácter y las peculiaridades de un ser humano tópico y concreto y se patentiza frecuentemente en toda una serie de trazos identitarios, genuinos y/o idiosincráticos. Por ello, una"LA RUTA DEL CONOCIMIENTO" de las tareas esenciales en este dominio existencial se debe dirigir al rescate de aquellos próceres pretéritos y próximos, siendo relevantes en cualquier sector cultural (de cualquier extracción o tenor intelectual, científico, político, sapiencial, artístico, literario, filosófico, humanístico, religioso,…) o en actividades ligadas al terruño: patria chica originaria e irrenunciable.

Y, aunque durante el presente año sea prioritario referirse a la obra y resto de detalles reseñables atinentes a la vida y obras legadas por el genial e insigne escritor bilingüe Ramón González-Alegre Bálgoma (de contextura berciana y perspectiva española-galaica, típica de una tierra de frontera) en la celebración del centenario de su nacimiento, una prevención mental me obliga a mentar y glosar en este espacio previo a Hugo de Santalla (presumiblemente de linaje normando, conforme a la taxativa aseveración proferida por el reconocido catedrático Julio-César Santoyo): sabio ejemplar, del que aún no se sabe demasiado en lo que atañe a su singular proveniencia geográfica. Y es que, por ende, en el sector de arraigo personal y familiar esbozado al principio resulta que nuestros lares bien pudieron ser testigos de sus primeros pasos (al mismo tiempo que otros pagos geográficamente coincidentes).

HUGO DE SANTALLA (1119-1151):

APUNTES PRELIMINARES:

Una interrogante que corresponde traer a colación en este momento introductorio, a guisa de aportación prologal, es de alcance singularizante: el hecho de la utilización del epíteto Santalla, a modo de distintivo específico. Procede aludir, en este preciso hilo de desarrollo, que dicho topónimo es compartido entre la región gallega, la berciana (e incluso la vecina asturiana). Su empleo, por tanto, se inserta en el acervo tradicional y ancestral común a estas zonas. Además, cabe particularizar que en este ámbito muchos autores o colegas coetáneos de este monje “truchimán” también utilizaban estas denominaciones compuestas, que evidenciaban su adscripción gentilicia o afectiva (complementaria frecuentemente de la patronímica). Asimismo, en otro aspecto netamente secuencial y ligado a un dominio ilustrativo y referencial, procede efectuar siquiera sea"LA RUTA DEL CONOCIMIENTO" una reducida cita enumerativa y comprensiva de algunos exponentes señeros, todos ellos traductores versados y axiales (admirados a lo largo del siglo XII). Conviene en consecuencia, pues, desgranar una lista no exhaustiva de estudiosos de la preciada cultura precedente: árabe, clásica u oriental. A mayor abundamiento y a renglón seguido, se apreciará que la mayoría iniciaron o completaron su labor desde diferentes sedes primigenias y precursoras (en el extranjero, fundamentalmente): Roberto de Ketton (inglés), Gerardo de Cremona (lombardo), Hermann de Carintia (croata, genuinamente dálmata), Platón de Tívoli (italiano), Adelardo de Bath y Roberto Retinensis (británicos ambos), Rodolfo de Brujas (flamenco), Juan de Sevilla (tildado alternativamente en función de su acomodaticia elevación a modelo dicotómico: reputado mozárabe o judío converso, magno compilador hispalense y asiduo colaborador de Gundisalvo),…

Antes de abordar el tratamiento del eximio sacerdote en cuestión, viene a cuento cohonestar mínimamente el contexto socioeconómico, de coyuntura bélica e interacciones interterritoriales de la época. Ese marco genérico y cuasiestructural histórico se mostraba, sin duda, propicio a una expansión de las artes, las ciencias, el saber y al cultivo de las competencias relativas a las disciplinas más diversas e importadas. La nobleza feudal (laicos y clericales, proporcionalmente por igual) constituía entonces una clase privilegiada y propensa a acoger los frutos de la investigación al uso, respecto a las importantes contribuciones de otros pueblos añejos y vinculadas al pensamiento y evolución humanos. Ello se realizó a partir de los excelsos descubrimientos en el seno de las esplendorosas civilizaciones antiguas, milenarias de Asia y de la órbita musulmana. En esta tesitura se procedió a acumular, y posteriormente transmitir, el producto de un intenso trabajo recopilador de los progresos pasados legados (“encriptados”, en un grado superior a lo deseable, por la endémica desidia secular oscurantista) y constructos más relevantes.

BIOGRAFÍA y NOTAS DESTACADAS:

Más allá de la discusión todavía no entablada, en razón de su nacionalidad o inclusión grupal, hay que subrayar sus características esenciales: su faceta innovadora y descubridora o reveladora, a la manera de los intérpretes y “trujumanes” (adivinadores o, de forma esporádica, videntes) y sus constataciones filosóficas y su excepcional habilidad en transcribir textos auténticos. En este terreno vertió códices o manuscritos en lengua vernácula árabe al latín, consolidando ahí su innata maestría. Su denodado empeño en cuanto al manejo y abordaje de los mencionados documentos permite calificarlo de polifacético, si nos atenemos a los objetos evocados o analizados: alquimia, astronomía, geomancia, ocultismo, esoterismo (incluso rayano a la nigromancia), mundo de las ideas (a pesar de que se haya mantenido una cierta controversia lógica, por lo que afecta a su “supuesta” contemplación fiable de los postulados aristotélicos),…

Su centro de dedicación profesional, propio y adoptado por su estado monacal, se ubicó en la urbe zaragozana de Tarazona. Aquí disfrutó de la protección del ocupante ad hoc de la sede episcopal: el prelado Michel Cornel, de Toulouse. Bajo los auspicios de este último primigenio ostentador del cargo y dignidad eclesiástica máxima en la susodicha localidad turiasoniense efectuó la traslación al idioma latino de varias materias, mediante la confección de producciones adaptadas y contrastadas (a base del cotejo de tratados y bibliografía ligada a volúmenes incunables, en los que se contenían verdaderos pozos de sabiduría). Adicionalmente, ello comportaba simultáneamente el recurso a fuentes únicas de discernimiento y místico conocimiento que, en manos de unos pocos privilegiados, se habían perpetuado en un régimen de semiclandestinidad. Entre los tomos de imprescindible consulta, atribuidos a nuestro prohombre en el intervalo vivencial que le correspondió transitar (y, en un plano temporal, fundamentalmente en el entorno del año 1145), es de justicia contemplar los siguientes textos relativamente remotos: “Alfraganus”, “Abenragel”, el “Liber de secretis naturae” de Apolonio de Tiana, “De Spatula” (compendio de técnicas y métodos de prognosis y demás supercherías) y la Tabla Esmeralda. A mayores, presumiblemente su “Liber Aristotelis” (polémico en lo que atiende estrictamente a la congruencia de su contenido) se conformó en forma de antología de raigambre griega y persa. Su denodada y ardua tarea equivalente sincrónicamente a la llevada a término por otros egregios eruditos A REVISTA "ALBA"europeos alcanzó pronto una proyección notable, ya que se circunscribía a una puesta en valor y a disposición de aprendizajes (“secuestrados” hasta entonces para la generalidad de Europa occidental). Este área del planeta, en aquella singladura transitoria, manifestaba una sed de apertura a la universalidad y reconquista incipientes (situación plasmada en la organización de expediciones armadas a fin de recuperar los Santos Lugares, a través de la articulación de las Cruzadas cristianas) y una todavía estabilización fronteriza incompleta, trufada de signos de resistencia ostensible y proactiva frente a la invasión y ocupación musulmanas. Reincidiendo en la vertiente idiomática, el hecho de que un conjunto destacado de traducciones lo fueren al idioma o lengua romance vulgar cooperaría solidariamente luego a la popularización, restringida aún, de los libros en trance de expansión.

En el apartado más práctico y pragmático, correlato de estos condicionantes, la divulgación de los avances se convertiría en una realidad evidente y palpable, “en boga” y apreciablemente rápida. La difusión se mostró así viable y algo habitual en el sur de Europa, aunque limitada a círculos potestativos, afortunados y ya predispuestos. En la Provenza y España una cierta aceptación entusiasta de las novedades por las Cortes y círculos señoriales logró que se aceptara paulatinamente la reciente deriva, a modo de “moneda de uso corriente”. Hace falta, finalmente, citar resumidamente un ramillete prestigioso de personajes con enorme celebridad y destreza (en su campo y oficio tan peculiar) en este lapso marcado por una especie de “renacimiento” elitista en la Baja Edad Media. Una nota aneja a esta galaxia de ilustres letrados les obligaba a sentirse adheridos a sus circunscripciones laborales y vinculados por vocación o destino a su posterior zona de influencia básica, vgr.: Platón de Tívoli (Cataluña), Hermann de Carintia (norte de la Península, ambas vertientes de los Pirineos y una banda amplia del Languedoc), Hugo de Santalla (Aragón), Roberto de Ketton (Navarra) y Robert de Chester (Segovia). Con el transcurso del tiempo, e insensiblemente, estos descubrimientos y saberes calaron y se vehicularon hacia el norte continental (gracias a la abadía de Chartres y la Orden de Cluny), prolongando su recorrido en pos de la villa de París: faro esplendente de cultura, cortesía, clase y elegancia, delicada tradición cortesana, exclusivismo y refinamiento aristocrático. Así se impondría justificada e inconscientemente la capital de Francia de aquel tiempo, por sus ansias de ampliar el mundo del entendimiento y su superioridad pseudomoral, en la representante más famosa del anhelo de excelencia. El corolario a este conjunto de factores se sustanció en la adjudicación, al núcleo parisino y su hinterland, del encargo de transformarse en el corazón de las nuevas tendencias a asumir sin tardanza. Estelarmente, a la vez que coincidente con la eclosión de Toledo como centro de atracción innegable, desempeñaría progresivamente el rol de imán que atraería a expertos en latín, captando después el interés de dirigentes feudales al alza y destacados prelados, investidos de autoridad y mando.

Una conclusión elemental del surgimiento y patentización del inestimable movimiento que pugnaba por reconocer y aprovechar la importancia del islamismo en nuestro continente se fue haciendo palmaria simultáneamente en España. Porque luego, sin solución de continuidad, se solventaría con la ingente faena ejecutada por la Escuela de Traductores de Toledo, un hito esencial en la historiografía medieval. Mas, a pesar de su relevancia y transcendencia, es oportuno matizar que no se constituyó en principio de una forma absolutamente estructurada, ordenada y homogénea, ni se halló dotada de unos elementos coyunturales y medios sobresaliente siempre (aptos per se, cualitativa y cuantitativamente). Entre estas contingencias mudables se debe subrayar que reunió a una serie de resaltables actores, que engrandecieron y prefijaron significativamente el signo de los decenios a venir. Es decir, accidental y sumativamente –mediante esta eminente e incipiente iniciativa diversificada, a lo ancho del orbe católico, en la primera mitad del siglo XII y en enclaves separados se sucedieron, más allá de los puntos clave mencionados, tentativas o impulsos localizados. Por tanto, accesoria y complementariamente, se denotaron cumulativamente otros proyectos fundacionales de menor factura y preponderancia, que ejercieron un papel de impulso civilizador en algunos círculos de poder. Es en este estrato o nivel donde se aloja el loable propósito al que se consagró nuestro egregio monje.

En definitiva, a nivel general, en el siglo XII se habilitaron los cimientos destinados a una lenta recuperación de los componentes potenciadores y dinámicos del entramado social antecedente (tras una fase o dilatado tramo secular de “postración e inmovilismo esclerosante”). Este giro positivo hacia una mentalidad más omnicomprensiva, posibilitando mejorías insospechadas en el decurso de la andadura compiladora de los traductores, desembocaría en una implicación y apoyo real crecientes.

                                                                Marcelino B. Taboada