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Las víctimas de la dictadura, tras la decisión del Supremo: «Los Franco tienen suerte: ellos saben dónde están sus muertos.” (www.eldiario.es)

Familiares de víctimas del franquismo celebran elaval de la justicia a la exhumación de Francisco Franco del Valle de los Caídos.

Sin embargo, advierten de que debe impedirse que el sitio en el que se lo entierre se convierta en un lugar de peregrinación: «Hay que enterrarlo en un sitio normal. Enterrarlo y olvidarle».

«Nos parece absurdo que el Gobierno pretenda enterrarlo en un lugar de propiedad pública, cuando no ha gastado ni un euro en identificar a desaparecidos», asegura el presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.

Belén Remacha / Natalia Chientaroli, 24/09/2019.

«Se te revuelve todo otra vez». Eso es lo que ha sentido Eugenia Castiello –hija del único niño preso del campo de concentración de Arnao (Asturias) y sobrina de dos hombres fusilados en 1948 en la playa de La Franca–, al ver la noticia sobre la decisión del Tribunal Supremo de exhumar el cadáver del dictador Francisco Franco y enterrarlo en el cementerio de Mingorrubio (en el barrio de El Pardo de Madrid).

El padre de Eugenia –José, a sus 92 años– todavía vive pero «ya no se entera de estas cosas. Esto llega tarde. Quedamos los familiares… y poquitos». Ella compara cómo «a los nuestros los enterraron en el monte. Y eso con suerte. Muchos otros siguen en cunetas. Y la persona que dirigió toda aquella masacre de gente inocente estaba hasta ahora en un lugar de culto y exaltación. No puede ser esa diferencia tan grande».

Otro motivo por el que su historia tampoco es habitual es porque José María escribió un libro sobre la experiencia de su familia, Los Castiello: «la lucha por la libertad» (que se convirtió incluso en documental). Lo publicó unos cinco años antes de participar en la investigación del periodista Carlos Hernández sobre los 300 campos de concentración de Franco. Primero un ejemplar para cada miembro de la familia y luego, tras la insistencia de un amigo, una tirada de cien que se agotaron el mismo día de la presentación (en Oviedo).

Desde hace pocos años es Eugenia la que se encarga de reimprimir las ediciones que se venden en librerías de Asturias. A su padre su estado de salud ya no se lo permite. Ahora ella insiste «en que se hable de la represión y sufrimiento de estas mujeres que se quedaron sin hijos, sin padres, sin marido, sin hermanos y sin nada. Se ensañaron con ellas y con los niños (los que se quedaron) para hacer sufrir a los huidos y que cantasen. Una vez sacaron a mis tías a rastras de casa y les pegaron tal paliza que se les quedaron los hilos de la ropa incrustados en la piel. Mi abuela les suplicó que pararan pero no lo hicieron hasta que se desmayaron».

«Nadie está preparado para vivir algo así de niño»

Son historias que Eugenia lleva oyendo desde la adolescencia: «Mi padre estuvo muchos años sin querer hablar. Tuvo unas secuelas tremendas y muchos años después tuvo que recibir tratamiento. Nadie está preparado para vivir algo así de niño. Ellos simplemente eran madre, hermanas y hermano de guerrillero: no estaban implicados en nada. Cuando yo ya me hice mayor empecé a oír en casa eso de que mejor no me significase ni llamase mucho la atención. Seguía habiendo miedo, sobre todo cuando vivía Franco pero también luego. Así me fui enterando de todo lo que había pasado».

Sobre el papel, los campos de concentración estaban destinados solo a hombres. «En la mentalidad machista y falsamente paternalista de los dirigentes franquistas, las mujeres no encajaban en los campos de concentración» —explicaba Carlos Hernández. Las mujeres –durante la guerra y el franquismo– solían ser sometidas a idénticas torturas en cárceles pero hubo excepciones, como los grupos de Cabra (Córdoba) y también en Arnao. «A mis tías las pusieron a recoger grijo. Los hombres, con ese material, construyeron una ferretera». Luego —tal y como cuenta José Castiello— las reubicaron en la enfermería para oficiales y la cocina.

En el libro de José Castiello –escrito 75 años después de entrar al campo– hay una detallada descripción de Arnao: a la derecha, un barracón de madera (estancia de los soldados); a la izquierda, un edificio destinado a los oficiales. Ya dentro, en línea recta, el primer barracón para hombres. Le separaba del de mujeres por unas alambradas. Los primeros meses también le separaban a él –niño de 10 años– de su madre y hermanas mayores.

Asimismo relata un preciso recuerdo de la rutina de entonces: un crío rodeado de presos comunes, que cada mañana recogían la colchoneta, barrían su espacio y se aseaban superficialmente («ya que en el barracón se carecía de agua corriente»). A continuación, formaban filas hasta el lugar donde se izaba la bandera y cantaban –mano en alto– el Cara al Sol y vivas a Franco. Después, por desayuno se les daba «una especie de café y un bollo de pan (todo de la peor calidad)». Para comida y cena: «masa caldosa de garbanzos, lentejas alubias, arroz o patatas. Aparecía enseguida el hambre».

Tenía un único plato y cuchara que tenía que servir para todo, incluso para su propia limpieza personal. Los prisioneros capturaban ranas de un riachuelo que corría desde un pozo y las comían asadas. De lejos, observaban a los campesinos: «Cualquier persona que veíamos faenar nos producía cierta nostalgia de libertad». El oficial jefe –no recuerda si de nombre Félix o Víctor–, «con rudeza, me dijo que debería cumplir las normas disciplinarias como cualquier adulto». Era además «implacable a la hora de reclutar a los detenidos para el trabajo». Recordaba con especial dolor a un compañero anciano y enfermo, que falleció por la falta de atención.