«El día que conocí a Jordi Cuixart» (www.eldiario.es)

Aquel primer día con Jordi estuvimos hablando del asesinato de Ernest Lluch y de la manera improvisada con que pedí a los políticos, durante la tristísima manifestación de noviembre del 2000, que recurrieran al diálogo para resolver el conflicto.

Gemma Nierga21/02/2019.

La foto de la cubierta de este libro es un montaje. Jordi Cuixart y yo no hemos estado nunca espalda contra espalda, no nos hemos abrazado, ni siquiera nos hemos podido tocar. En todo momento a lo largo de estos encuentros nos ha separado el grueso cristal del locutorio. He escuchado su voz a través de un interfono que él iba aguantando ahora con una mano, ahora con la otra, durante 4 horas de conversación.

Como no nos han dejado entrar ningún sistema de grabación, hemos tenido que anotar en directo sus palabras. Es así como he conocido a Jordi Cuixart, en una sala llena de cabinas transparentes, siempre con un cristal de por medio.

El primer día que entré en la cárcel de Lledoners era un sábado: el 10 de noviembre de 2018. Fui con Txell Bonet, la mujer de Cuixart, y el hijo de ambos, Amat. Aquel primer encuentro, el único que he tenido durante el horario habitual de visitas de los familiares, lo recuerdo minuto a minuto, empezando por el rato de cola que hicimos.

En la entrada de la cárcel te obligan a dejar los objetos personales en una taquilla. A la mujer de Cuixart, Txell Bonet, le encontraron un pintalabios en un bolsillo del abrigo y el policía le recordó que no lo podía entrar en el locutorio. Antes de guardarlo al lado del móvil y cerrar la taquilla con llave, ella se pintó bien pintados los labios de color rojo. Iba a ver a su pareja y quería tener la mejor cara posible.

También fue aquel día cuando decidí que sí, que conversaría con Jordi Cuixart para escribir un libro. Debo admitir que, cuando me llamaron de Òmnium Cultural para decirme que el presidente de la entidad quería que lo entrevistara en la cárcel, la propuesta me sorprendió. Pero aquel primer día con Jordi estuvimos hablando del asesinato de Ernest Lluch y de la manera improvisada con que pedí a los políticos, durante la tristísima manifestación de noviembre del 2000, que recurrieran al diálogo para resolver el conflicto. Ernest habría intentado dialogar incluso con la persona que lo mató. El diálogo debería ser siempre la vía. Y ahora me estaban proponiendo que dialogara con un líder social que llevaba más de un año en prisión preventiva y que quería mostrarse al mundo. Negarme a este diálogo pronto me dejó de parecer una opción.

Soy periodista y me gusta preguntar. Me encanta tener conversaciones a fondo con los entrevistados. Poder mantener tres encuentros de cuatro horas cada uno ha sido una excelente oportunidad para conocer a fondo a uno de los lideres del proceso independentista. Me lo decía el filósofo Josep Ramoneda cuando le expliqué mis viajes a Lledoners: “Hoy, en estos momentos apresurados, ya no queda tiempo para hacer entrevistas de verdad, conversaciones distendidas en las que el personaje llegue a olvidar que lo están entrevistando”. Y es curioso haber tenido una oportunidad como esta justamente en un entorno hostil como la cárcel, con encuentros autorizados por los responsables de Instituciones Penitenciarias y con un cristal que nos lleva a saludarnos como se hace entre rejas: colocando las manos a la misma altura, palma contra palma.

Antes de la primera entrevista de cuatro horas con Jordi Cuixart, visité a sus padres en Santa Perpètua de Mogoda. Un mecánico de Badalona y una carnicera nacida en Murcia. Viven en una planta baja sencilla, en una de las callejuelas del pueblo. «Antonio Cuixart – María Navarro», pone en el buzón. También estaban sus hermanas mayores, Neus y Esther. La familia Cuixart Navarro se está acostumbrando, ¡qué remedio!, a tener un hijo encerrado en la cárcel. «¿Seguro que esto de Òmnium no te traerá problemas? », preguntó Maruja a su hijo cuando vio que Jordi se presentaba con guardaespaldas a las comidas familiares. Eso mismo le pregunté yo a Marcel Mauri, vicepresidente de Òmnium, cuando me propuso escribir este libro: «¿Seguro que esto no me traerá problemas?».

El amigo y colega Bru Rovira piensa que con el procés se ha impuesto un periodismo subjetivo y que los que no han querido entrar en un debate de extremos, de crédulos, han quedado fuera de juego. Él sospecha que ha fallado el debate público, el que debíamos liderar los periodistas. Lo cierto es que el procés catalán afecta a todos los catalanes, tanto si cuelgan banderas en el balcón como si los toman por equidistantes. Y los periodistas debemos intentar explicar lo que está pasando ahora y aquí. En esta cárcel de color rojo construida en medio de la nada, durante tres sesiones largas que me han parecido cortas, me he sentado delante de Jordi Cuixart con la información en la mano y las emociones a flor de piel. Y con consejos como los del admirado Josep Martí Gómez, que me regaló una de las preguntas que salen en la conversación: «Jordi, ¿y si un día, cuando sea mayor, tu hijo te dice que lo engañaste?».

Yo no conocía a Jordi Cuixart antes de visitarlo en la cárcel, más allá de la imagen pública que veía en los medios como presidente de Òmnium. El hombre que he conocido en estas tres conversaciones es diferente de la persona que esperaba conocer. Es alguien que ríe y te hace reír, que transmite la energía del monitor de esplai (como se conocen en Cataluña los centros de actividades de tiempo libre para niños y jóvenes) que nunca ha dejado de ser, que te recibe con gestos eufóricos y con una sonrisa afable.

Ese sábado de noviembre que fui a Lledoners a hablar por primera vez con el líder encarcelado me sorprendí a mí misma saludándolo con más alegría de la que sentía. Dice que está feliz porque está luchando por la causa de un pueblo, y dice también que no espera el indulto porque cree que España no está preparada para darlo. Se desprende de la lectura del libro que Cuixart, en su ingenuidad, nunca fue consciente de la gravedad de los hechos en los que participaba. Ahora que está sentado en el Tribunal Supremo, le piden hasta 17 años por rebelión.

Más allá de lo equivocados que te puedan parecer sus planteamientos, el personaje tiene para mí y espero que también para ustedes un claro interés periodístico.

«Tres días en la cárcel. Un diálogo sin muros», de Jordi Cuixart y Gemma Nierga, editado por Plaza & Janés, se presenta esta misma semana en Madrid.